Arrepentimiento

cueRtos                                                                Julio Carreras (h)

Amor perfecto

Estoy enamorado, y soy correspondido. Esta vez será para siempre, me siento seguro de ello. Las pautas que hemos fijado para nuestra relación capitalizan experiencias de fracasos anteriores, y no nos permitirán fallar. Los resultados están a la vista.
Hace tres años que nos conocemos, y nunca hemos peleado. Nunca una diferencia por nada, nunca un desacuerdo. Nuestro diálogo es profundo y acrecentador, además de respetuoso.
Ella me dice lo que piensa, in-extenso, y si hay algo que me fastidia o estoy en desacuerdo, no contesto en el acto. Me tomo mi tiempo para pensar. Y luego de madurar cada palabra que le diré recién doy mi opinión. De tal modo evito herirla... Ella hace igual conmigo.
Hace tres meses nos hemos casado. Sin ceremonia de ningún tipo: para nosotros fue sólo una cuestión de papeles. Mucho antes ya nuestro amor estaba consolidado.
Somos felices. Yo le cuento mis inquietudes más íntimas, ella me dice luego -y le creo- que las comprende. Agrega las suyas propias, además de contarme las técnicas que usa en sus bordados, los secretos de su cocina.
Cerca ya de los cincuenta, hemos encontrado el equilibrio sentimental perfecto. Eso sí, establecimos para nuestro matrimonio una norma de hierro: no convivir jamás.
Ella vive en Santa Fe, yo en Santiago del Estero. La conocí por correo. Y así pensamos seguir nuestra relación, hasta la muerte.

Un romántico afán/o

Antonin copió con letra primorosa los versos que pensaba dedicar a Génica. Luego, mientras esperaba, bajo la levedad de la nieve, rogó que su amada no hubiese leído a Allan Poe.
La vio acercarse, entre los copos, con sus botas de piel de oso y un cargamento de libros bajo el brazo. «Ojalá ninguno sea de Edgar Allan», pensó, mientras veía crecer el manchón blanco de su rostro contra el crepúsculo, acercándose.
Al fin tuvo ante sí los bellísimos ojos violeta, y sintió en una ráfaga el aliento de aquella boca que codiciaba, al darle un beso en la mejilla.
-¿Leíste a Allan Poe? -le preguntó como al acaso, mientras caminaban por la rue de L’Abreuvoir tomados de la mano.
-No -replicó la muchacha.
Más tarde, en un banco de la plaza Jean-Baptiste-Clément, bajo la umbrosidad de un abeto, deslizó entre los dedos pálidos de su amada el papel lujoso, doblado cuidadosamente, donde había escrito aquellos versos.
-¿Son para mí? -preguntó ella, luego de desplegarlo.
-Sí -contestó Antonin.
-¿Son tuyos? -volvió a preguntar Génica, con voz soñadora.
-Sí -dijo el poeta, tras una décima segundo.
Luego de leerlos en silencio la hermosa muchacha exclamó:
-¡Qué profundos! ¡Qué patéticamente bellos!
-Me dijiste que nunca has leído a Poe, ¿no? -inquirió él de un modo extemporáneo.
-No... Te lo había dicho ya...-confirmó ella, un poco extrañada.
-Pues no lo hagas -recomendó Antonin. Fue sólo un mal invento de los americanos.
-No lo haré -replicó quedo Génica, como quien le da razón a un loco.

Tampoco la compiladora de Editions Gallimard tuvo acceso a los cuentos de Poe, según parece. Pues en la edición que se editó en París con el título Letres à Génica Athanasiou, ubicaron en primer término al poema que deslizara Antonin en los dedos de Génica, aquella tarde gris y blanca. Extraño. Pues estos versos coinciden textualmente con «El palacio encantado», endecha que -según la imaginación de Poe- Roderick Usher improvisara con la lira, casi un siglo antes, dedicándosela a su mejor amigo.

Renunciamiento

No lucharé por este amor. Tampoco cabe llamarlo así. Quizá pasión, arrobo, atracción, deliciosa afinidad de espíritus.
Ella es muy hermosa para la percepción de los sentidos y llena mis carencias. Casi no puedo estar sin tenerla cerca. Pero, ¿amor no es una palabra que designa cariño, dedicación, tolerancia, respeto... de uno hacia otros?...
Imposible llamar de tal modo a ésto pues, ya que su encanto proviene de lo que espero de ella, no de mi voluntad de dar, es sólo un ansia.
Con frecuencia me digo que también es necesario en este mundo recibir algún placer, no todo puede ser deber y obligación. Pero desecho enseguida ese argumento, despreciable autoconmiseración con que se justifican los débiles.
Por eso no lucharé. Pues si los «obstáculos» que debo franquear para acceder a tal cariño es el despojar del mío a quienes lo esperan, estoy ofreciendo una gigantesca ofrenda a mi egoísmo.
Luego de pensar todo ésto, el granjero emprende el camino de grama que lo llevará de regreso a sus cuatro hectáreas donde pastan sus cinco vaquitas, retozan sus perros, y picotean decenas de pollos, que hace muy poco han dado a luz las redondas gallinas.

La Cita

Encontré a Clara en medio de una calle desierta; es de noche. Su llegada me alegra el corazón. Pienso, mientras la miro, en la simpatía que parece emanar de su cuerpo, como un aura. Nadie deja de advertirla, aunque no la sepan definir. Caminamos por las calles azuladas, bajo el lejano resplandor de la luna. Faroles difusos expanden desde las esquinas sus ondas como de telarña. Las copas de los árboles, movidas por la brisa, gestan por momentos sombras patéticas.
Llegamos a su casa y nos despedimos, en la puerta. Voy caminando hacia cualquier lugar, tal vez sólo para que pase el tiempo; debo encontrarme nuevamente con ella, esa noche: hemos concertado una cita.
En mi camino, me doy con un negrito como de veinte años, que traba conversación conmigo, y me invita a conocer su casa. No ha de apartarme de mi dirección -me dice él-; pero yo voy de mala gana: temo demorarme. Por mi cita. El va contándome que su padre posee una carnicería; repentinamente y luego de una pausa me pregunta qué hago yo. Le digo que soy escritor. El me dice que le gustaría ser mi amigo; yo contesto que cómo no, pero que ahora debía desviarme de ese camino, pues ya estaba llegando la hora de la cita. El insiste en prolongar la charla y yo empiezo a sentirme incómodo. El me reprocha que yo no quiera ser su amigo ni seguir estando con él porque lo considero inferior; yo le aseguro que para nada es así, que tengo apuro únicamente porque alguien me espera, en una cita. El ha estado importunando también para ver qué tengo en los cuadernos. Me ha preguntado qué llevo allí, y yo le he dicho: «unos cuentos que debo corregir antes de publicar»; él me ha dicho que los quiere leer. Le contesté con evasivas. Estamos frente a su casa, en la Libertad (una ancha avenida), cerca de la Moreno, en diagonal casi con el Ferrocarril. En la vereda juegan niños. En la pared, un cartel de madera blanca con filetes rojos dice: «Carnicería». El negro sigue hablando, mientras me pongo a pensar que en esa misma calle, más adelante, vive mi abuelo, solo. Mientras él era menos viejo y más fuerte debió de vivir tranquilo allí, confiado en su propia fortaleza, seguramente; pero ahora está más débil y achacado. Debe sentirse muy solo. La imagen de mi abuelo aparece ante mí. Está en su casa, solo, a punto de acostarse. Las habitaciones, demasiado grandes, llenas de sombras de los objetos, que se cruzan. El está encorvado, sentado en el borde de la cama, con ropa interior blanca, muy holgada; flaco, con esa expresión de cansancio y contrariedad de los hombres que han pensado mucho. Mira aquí y allá. Tiene miedo. Se sobresalta por un ruido cualquiera y levantando su revólver 38 largo va al comedor a ver qué pasa; siento que está solo y tiene miedo. Deseo estar con él, me digo que mi puesto es allí, a su lado, me prometo ir a vivir con él para acompañarlo y asistirlo -apenas pueda.
En ese momento aparece caminando por la avenida vacía una muchacha alta, delgada, de cabello enrulado, corto y rubio, nariz pequeña, que yo conozco muy bien pero cuyo nombre no recuerdo. Se dirige, caminando lentamente, con su monedero bajo el brazo, hacia su automóvil, un automóvil pequeño, esport, rojo y amarillo, que está estacionado a nuestra izquierda, al lado del cordón, con la trompa dirigida hacia el oeste (la casa de mi abuelo). (Esta calle es de dos manos.) Me asombro íntimamente del deterioro que ha sufrido esta muchacha en poco tiempo. Está pálida, ojerosa. Hay una expresión de sumisa, vergonzante resignación en su figura esbelta; una sonrisa ausente le curva la boca. Reconozco las señales de un noviazgo que ha llegado al sometimiento de uno de los miembros de la pareja (en este caso, ella). Su novio vive allí a la vuelta. Ella viene de su casa, de ser degradada una vez más. Ni siquiera nos ve cuando llega hasta tres pasos de nosotros. Se mete en su auto. Son las tres y treintaicinco de la madrugada. El negro ha conseguido al fin que le preste uno de los cuadernos; está sumido en la lectura de mis cuentos. Con desesperación, consulto en otro cuaderno y compruebo -hay allí una nota- que mi cita es a las cuatro menos cuarto. Aparece el ómnibus. Debo tomarlo. Pero el negro no quiere darme el cuaderno. Discutimos. Pasa el ómnibus frente a nosotros, por la otra mano de la calle, hacia el este, por cerca de la vereda de aquellos negocios que ostentan gruesas cortinas metálicas bajadas, rápidamente y nosotros seguimos discutiendo.
Para en la esquina. El negrito me da al fin el cuaderno, pero el ómnibus arranca. Corro, mas no logro alcanzarlo. Cuando ya me estoy volviendo, decepcionado, el ómnibus se detiene otra vez, a media cuadra de distancia, y el chofer me hace señas, para que me acerque. Corro nuevamente, pero él vuelve a arrancar. Se ha burlado de mí. Regreso, desilusionado. El negro intenta darme consuelo diciéndome que no me preocupe, pues enseguida ha de venir otro. Abro el cuaderno para comprobar una vez más el horario de la cita, y me encuentro con que ha caído una gruesa gota de dulce de leche sobre la escritura, impidiéndomelo. La quito con el dedo, y me chupo el dedo. Finalmente, decido irme caminando, solo, por la ancha avenida Libertad, en medio de la luz violeta del amanecer. Queda detrás de mí el negrito solo, llorando en el umbral.

El ventrílocuo

Leonardo Simons presentó a Chasman, quien se introdujo en cámaras sonriendo y saludando a los aplausos con un brazo. En el otro llevaba, colgando, a Chirolita.
Comenzó el diálogo.
-¿Cómo era el nombre de ese bolero, que cantaban Los Panchos? -preguntó Chasman. A pesar de sus esfuerzos se notaba moverse un poco la comisura izquierda de su boca.
-¡Como la miedra! -contestó, resuelto, con voz ronca, Chirolita.
-¡Nooo! -dijo Chasman, echando una mirada que buscaba cómplices alrededor. -No, Chirolita: «Como la hiedra»... «Como la hiedra».
El número siguió en ese estilo, durante unos minutos. Gran éxito de público. Los chistes, que se venían contando desde los años 50, aún resultaban. En realidad, lo que maravillaba al público era la magia de ver hablar tan verazmente a un muñeco.
Entre los aplausos, las piernas bronceadas de la rubia circunstancial y la sonrisa de Simons, Chasman y Chirolita se retiraron.
En el camerino, Chasman depositó en el suelo a Chirolita, se sentó sobre un taburete frente al espejo y se sacó la camisa.
Entonces Chirolita, dando una vuelta a su derredor, le abrió una pequeña puerta que tenía en la espalda. Después de desconectar las pilas de su batería, no sin esfuerzo, guardó a Chasman en un lugar especialmente acondicionado del ropero. Y salió rumbo a su casa, para descansar.

 

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