Encuentro con Maia

cueRtos

Julio Carreras (h)


Alberto después de la cloaca

Bien, miren, para no hacerles perder tiempo, trataré de contar esto rápido. No sé si será muy interesante. Yo iba caminando, una noche brumosa, por la calle Olaechea y Alcorta, al lado del Parque. Reconozco que había tomado mis dos copas. Pero no iba machado, no. Apenas contento. De repente, me caigo. No sé cómo ni dónde, porque el suelo desapareció bajo mis pies. Sin dolor, me encontré sentado en el suelo de un recinto como de 30 metros cuadrados, similar en su forma a una bombona de las que se usan para guardar elementos gaseosos. A izquierda y derecha agujeros, con sus bocas redondas. 
-¡Zas -digo-, me he caído en una encrucijada de cloacas!- Y me dispongo a ver el modo para salir de allí. 
De sólo mirar me convenzo de que no me va a ser posible trepar. Ni se ve la boca de salida. Debe ser por la noche, pienso. Lo cierto es que me largo por una de las tuberías. No sin aprensión, claro, pero a poco me sorprendo porque está todo limpio. Ni sombra de suciedad. Una vez andados cerca de 100 metros me percato de que las supuestas cloacas eran de un material muy liso, como plástico o algo así, no cemento. "Habría que felicitar al gobierno", me digo. No termino de pensar esto cuando, ¡bum!, caigo de nuevo. Otra vez en una bombona de tuberías. Bueno. Elijo otra tubería al azar y me largo nuevamente.
Al final de ella, encuentro como una conexión, dos bocas a izquierda y derecha. Hago ta-te-tí y me zampo en la de la izquierda. Pero qué les cuento, no llego ni a la mitad, cuando: ¡bum! De nuevo abajo. "Esto se está poniendo poco original", pienso. Y decido seguir. Por suerte está todo limpio. Mi traje ni siquiera se ha salpicado. Así continué un rato largo, subiendo y bajando, al este y al sur, y también al norte, y quizá al noroeste, hasta que agarré al fin un tubo que ascendía. Subí y subí, esta vez sin caídas, y cuando vi la luz del exterior como a cincuenta metros, tuve miedo. No vaya a ser que justo ahora caiga de nuevo, dije (en voz alta, total nadie me escuchaba). 
Pero no. Tranquilamente, llegué al final. Y salí a mi ciudad. ¡Oh sorpresa! Ya no era la misma. Yo, a Santiago la conocía como a la palma de mi mano. Los veinticinco años que tenía los había pasado aquí. Era Santiago, pero... ¡cómo había cambiado! La gente iba vestida de un modo diferente. Todo estaba lleno de autos muy feos y el ruido era insoportable. Había emergido cerca del Mercado. 
-Disculpe señora- le dije a una chipaquera, que vendía en la calzada- ¿en qué fecha estamos? 
-2 de agosto- me contestó la vieja, sin dejar de masticar. 
-Pero ¿de qué año?- digo. 
La vieja me mira como si fuera opa, y me contesta: -De 1989 , pues. 
¡Qué! ¡Han pasado 54 años! ¿Cómo puede ser? ¡Con razón está todo tan distinto! Rápido agarro por la Pellegrini, en busca de mi casa. Llego a la 25 de Mayo y doblo, con el corazón a toda carrera. Media cuadra. 
Allí está. Mi casa. Apenas un poquito más vieja, pero bien pintada. Cuando estoy por abrir la puerta digo: "no, quién sabe si ha cambiado de dueños". Y decido tocar el timbre pues la aldaba ya no está. Son las diez de la mañana. Me atiende una morenita como de diecinueve años. 
-¿Señor? -me dice. 
-Digamé, ¿quién vive aquí? -le pregunto. 
-La familia Revainera. -Ah, entonces he venido bien, le contesto, porque yo también soy Revainera. 
Me hacen pasar y conozco a la dueña de casa. El marido no está, trabaja en el banco. Pregunto el nombre del marido. No me suena. Pregunto cuántos años tiene el marido, veintinueve, me dice. ¡Lo parió! ¡Es mayor que yo! 
Cuando vuelve el tipo del trabajo no puede creer que yo soy Alberto Revainera. 
-¡Pero si ha muerto hace más de cincuenta años! -me sostiene. 
-Y ¿de qué ha muerto? -digo sin convicción.
-¿Sabe que no lo sé?... -contesta-. Y ahora que lo dice... mi padre y la familia solían comentar que el tío Alberto había desaparecido de un modo muy raro... 
Al fin mi sobrino-nieto tuvo que creerme que yo era yo. Le mostré la libreta. Toda una prueba, como se sabe. 
De a poco, los viejos de la familia empezaron a desfilar para observarme. Los viejos eran mis sobrinos, mis primos menores. ¡Qué cosa! Con el tiempo, todos se habituaron a mí y a nadie llamó la atención verme a diario. 
Por suerte mi sobrino-nieto no se negó a darme la misma habitación que ocupaba hace cincuenta y cuatro años. Conseguí un puestito en la municipalidad. ¿Qué más se puede pedir? 
Bueno. Esta es la historia. No sé si les habrá parecido interesante, como para poder figurar en algún anecdotario. Hace poco me he puesto de novio. Ella es muy buena y le encanta escucharme contar historias de mi tiempo, como el fusilamiento del cabo Paz, por ejemplo. Lo único que no me gusta, de las chicas de ahora, es que son demasiado liberales.

Doble compulsión 

Estábamos acomodando el departamento con mi mujer. Era un departamento de techos bajos, muy espacioso, con paredes recubiertas de madera veteada color claro. Los muebles hacían juego. Estábamos en el dormitorio, preparando las camas. Eran amplias, de madera lisa, con sábanas celestes muy claras. Nos desnudamos y nos metimos con mi mujer en la cama. Yo admiré la tersura y el color trigueño de su piel. Su piel era suave y sus cabellos acariciaban mis hombros cuando la besaba. Estuvimos allí gozando de nuestras desnudeces hasta que tuvimos que salir. Era de mañana. Una mañana nublada. Ambos debíamos salir a trabajar. Íbamos a juntarnos de nuevo al atardecer. El departamento estaba en la zona baja de la ciudad, en el final de una escalinata de piedra laja que descendía levemente a lo largo de varias cuadras, con escalones del ancho de la calle misma, por lo que aquella escalera constituía todo el camino por un largo trecho. A los lados las casas tenían un tipo de las que se construyen en zonas frías, de piedra, con techos de madera. Nuestro departamento constituía una excepción, ya que era de ladrillos, con una edificación basada en planos y líneas rectas. Al mirarlo desde la escalinata daba la impresión de un gran bloque de madera, cuadrado, chato, en franco contraste con los demás edificios. Ya he dicho que estaba a un lado de la escalinata; precisamente, al final, del lado izquierdo. Subí por la escalinata de piedra hasta su culminación. Sucede que en el extremo opuesto al del primer departamento, donde terminaba la escalera, en lo alto, yo poseía otro departamento, muy semejante al primero. Este había sido situado en el lado derecho. En el tiempo que demoré en subir la escalinata, atardeció. Llegamos al segundo departamento al mismo tiempo con mi tía, y entramos juntos. Ella extrajo de un gran sobre de papel madera una hermosa reproducción en tela de un cuadro de Gustav Klimt. Me dijo que lo había traído de regalo para mí. Lo recibí sin sorpresa, pues ella acostumbraba obsequiarme uno cada semana, cuando venía a pasar el día conmigo. Desenvolvió un gran ramo de flores y las colocó en una vasija de cristal que había frente a un espejo con marco de bronce, sobre una mesa de piedra, mientras yo pensaba en la ubicación que le iría a dar al cuadro. Ella comenzó a desvestirse, y yo a sentirme embarazado, pues temía que ella deseara acostarse conmigo. Me sentía atraído por ella, es verdad, pero al mismo tiempo rechazado, además de acordarme que debía regresar apresuradamente al otro departamento, a compartir la cama con mi legítima esposa. Prometiendo a mi tía volver pronto, salí nuevamente, en dirección al otro departamento. Si hacemos abstracción de la figura que formaban los dos departamentos, en los extremos opuestos de la escalinata, tendríamos un dibujo aproximado al de una Z abierta. Bajé corriendo los escalones, y me di cuenta de que había salido casi desnudo, sólo con un short, fabricado de un viejo vaquero que tenía las piernas deshilachadas. En la calle era carnaval, y unas muchachas con baldes mojaban a los transeúntes del sexo opuesto que pasaban por allí. Temí que me mojaran, pues debía hacer un trámite judicial. Pero esto no sucedió. Llegué a una oficina, que estaba en una calle lateral, y entré. Allí estaban varios detenidos con libertad vigilada, esperando frente a una ranura, practicada en una pared de madera, que les otorgaran los papeles necesarios para irse del país. Eran tiempos de dictadura militar. Luego de estar largo rato allí una mano salió de la ranura y le extendió unos papeles a Colautti. Era el documento de su excarcelación y el permiso para salir del país. Yo sentí un poco de envidia, porque mis papeles no llegaban. El estaba muy contento, mostrándoles a todos sus papeles. Salí de nuevo, porque se me hacía tarde para estar con mi mujer. Llegué al departamento; ella me esperaba. Nos acostamos. Pero yo no podía expulsar de mi mente el recuerdo de mi tía, que me estaba esperando, en el otro departamento. Córdoba, abril de 1980.

 

El mensaje

¡Ay del que construye con sangre la ciudad y asienta la capital en el crimen! - Habacuc, 2,12.

1

Un mes hace ya desde que he llegado a Beirut. Después de la primera semana no he dejado de llorar, cada noche. No puede afirmarse de mí que sea un blando. He participado de muchos combates, en mis treintaidós años, he conocido cárceles de las peores. Sin embargo, mi cerebro no ha aprendido a soportar el espectáculo atroz del padecimiento humano.

2

El cargamento que he traído alcanza para hacer volar en pedazos el cuartel general de Obeid, y después derribar algo que pudiera quedar en pie de esta ex-ciudad. No he tomado contacto sin embargo con mi enlace libanés. Debí de haberlo hecho apenas llegado, pero me detuve por una oscura impulsión. En mi ajetreada vida he aprendido a respetar más mis intuiciones que mis razonamientos, así que decidí esperar.

3

Hace un mes que vago por Beirut. He visto niños y mujeres despedazados por las balas. He visto barrios enteros de pobres chozas convertirse en cenizas bajo los bombardeos. No puedo describir lo que he visto. Supera demasiado mi capacidad de expresión. Hace unas noches me desperté en la mitad de un sopor pesado, sin imágenes, y escuché una voz que me dijo con claridad: -Toma en tus manos el fuego y destruye a Moloch.

4

Nos hemos sentado con Mirnah en lo que otrora fuese una bella placita en medio de la zona de los Hoteles Internacionales. Aquí firmaron autógrafos Omar Sharif y Gina Lollobrígida. Otrora. No sabemos de qué hablar. Nos hemos amado cada día de los quince que hacen desde que la conocí. Me fue imposible evitar pese a ello culminar cada uno de nuestros acoplamientos sin llanto. Para mi sorpresa ella no me consideró un idiota, sino que me apaciguó envolviéndome en silencio con sus larguísimos cabellos, negros, ensortijados. -Ven -me dice de repente, con su voz hermosa- te llevaré con mi familia.

5

El hermano de Mirnah me muestra el funcionamiento de un pequeño fusil de alta velocidad, con sistema láser de ajuste al blanco, que han recuperado de una base norteamericana. Por cortesía me ha dicho que simpatiza con los argentinos, y ha llegado a recitarme unas estrofas del Martín Fierro en francés. No les ha molestado saber que soy católico. Me asombra el modo en que esta gente me acepta en su seno sin indagar. Mirnah tiene evidentemente una gran ascendencia entre ellos. Esa noche cenamos humildemente con un numeroso grupo, en un sótano. Yo asisto con respeto a su sensible ceremonia religiosa, y musito a mi vez el Padrenuestro. Después de cenar Mirnah me lleva en su moto con silenciador al hotel. Se queda en mi piso hasta la madrugada. Esta vez le ha tocado a ella. Sin comprender, bebo sus lágrimas y trato como puedo de apaciguarla. Me digo que no he visto en mi vida hermosura mayor que la de aquellos ojos grandes color sombra, húmedos con una tristeza que parece venir de la esencia más profunda de la condición humana. Se niega a que la acompañe otra vez, y me deja una opresión en el alma, al perderse entre la llovizna en la ciudad escombrosa.

6

Leo en primera página del An Nahar que el coronel de inteligencia israelí Uri Hirsch resultó muerto, además de otros tres oficiales, en el atentado suicida realizafo ayer por el Hezbollah. Los judíos tratan de explicarse cómo hizo para ingresar un automóvil cargad con explosivos en la zona de seguridad. El vehículo estalló al chocar frontalmente contra la camioneta que llevaba al coronel Hirsch, y ambos volaron en pedazos. Lo conducía una mujer, quien luego fue identificada como Mirnah Obahmani, dirigente de una importante columna del Hezbollah.

7

He decidido tomar contacto con los destinatarios del envío que traigo. Alegando seguir instrucciones solicito una entrevista con el nivel máximo, como condición para entregar el armamento. Me lo han concedido. Cuando llego al suburbio ruinoso y diviso las moles del Ministerio de Defensa, me detengo y, dándome vuelta, pongo en funcionamiento el mecanismo que llevo bajo el asiento trasero del Jeep. A partir de este momento, tendré siete minutos. Exactamente el tiempo que demoraré en llegar al centro. No hay problemas para pasar por los tres controles. La credencial que me ha dado mi enlace vale. El sol del mediodía abrasa despiadado. Siento el sudor correr desatado por mi espalda y mojarme el culo y los testículos. El general Aoun conversa con otro de su rango, bajo un techo de cemento, rodeado de un séquito escudriñador y un bullir de soldados que van y vienen. Enderezo el Jeep hacia él, y luego de poner con un crujido la segunda aprieto el acelerador. Al comienzo hay sorpresa. Luego me apuntan tres, cuatro fusiles. Se astilla por completo el parabrisas, pero ya estoy encima. El vientre se me ha bañado en sangre. Veo la cara de horror de Aoun. No han podido pararme. Por suerte, he entendido el Mensaje.

Fernández, 7 de julio de 1987.

 

Jericó *

...no busquéis a Betel, no vayáis a Guilgal, no os dirijáis a Berseba; que Guilgal irá cautiva y Betel se volverá Betavén. Amós, 5:5

Codorlahomer, rey de Petra, desmontó y besó la tierra. Diez mil soldados relucientes le seguían. Tras ellos, un pueblo innumerable, compuesto en su mayoría por desarrapados. Codorlahomer observó el lugar donde sus abuelos le contaran se levantaba Jericó. Un desierto ocre, inanimado, bordeado por bajas colinas. 
Seguido por sus mariscales, se retiró a orar en Galloti, el mismo sitio que Josué pisara descalzo. Después, visitó el monolito de Acán. El rey de Petra tenía una obsesión: reconstruir la ciudad-fortaleza de Jericó. Y había logrado despertar en su pobre pueblo la pasión que lo desvelaba. Finalmente abandonaron Petra, ciudad de soldados y mendigos, en busca de la tierra prometida. 
Una sola persona se había opuesto con tenacidad al proyecto: Sirah, preferida de Codorlahomer y madre de sus dos hijos. Ellos mismos -ambos oficiales del ejército- hicieron ingentes argumentaciones para convencer a su madre. No hubo caso. 
La construcción de los cimientos dio trabajo a todos, y consiguió la confraternidad de pobres y ricos. Allí ocurrió la primera desgracia. 
Nadie sabe de qué manera el cargamento de piedras que traía un carro se desmoronó, sepultando a un joven trabajador de las zanjas. Cuando lograron desenterrarlo, un soplo de pavor excitó al pueblo. Quien había muerto era el hijo mayor del rey. 
Codorlahomer, atravesado por la espada del dolor, peregrinó nuevamente a la tumba de Acán. Allí interrogó a Dios sobre cuál pecado había cometido. Pero las piedras permanecieron mudas; el Señor no se dignó a dar respuesta. 
Pese a los ruegos y plañidos de Sirah, la madre del infortunado, la construcción siguió. La hermosa mujer madianita decidió entonces no peinar más sus cabellos, y se paseó cubierta sólo de harapos, en señal de protesta. Codorlahomer no le hizo caso, y duplicó las raciones de trigo para los obreros que se destacaran. 
Tras dos años de dura tarea, el milagro se materializó. Donde antes fuera desierto, se levantaba imponente una roja y reluciente muralla. Precisamente allí fue donde ocurrió la segunda desgracia. 
Fue al trasladar las inmensas puertas de hierro que sellarían la ciudad. Inexplicablemente, una de ellas se desplomó luego de colocarla. Alguno se consoló apresuradamente, pues aunque era alta y voluminosa había aplastado solamente a un hombre. Mas esa ligereza se transformó en ayes, cuando se comprobó que el muerto era Benjamín, el último hijo del rey. 
El desconsuelo de Codorlahomer le agregó muchas arrugas a su frente. Había perdido a toda su descendencia en la construcción de la ciudad. Y Sirah, la única mujer que alguna vez le satisficiera, vagaba, convertida en mendiga, conviviendo con las alimañas. A pesar de todo ello, él había cumplido su objetivo: Jericó existía, de nuevo. Un oscuro rincón de su alma había quedado en paz. 
Ordenó que se realizara una semana de festejos. Al final de ellos, dejó inaugurada oficialmente la ciudad, de la cual se proclamó Padre Supremo, Sacerdote y Rey. 
Fue entonces que Sirah regresó. Como en los mejores tiempos, dio su cuerpo a las esclavas para que lo hermosearan. Había sido desposada a los trece años por Codorlahomer; ahora, a los treintaiuno, alcanzaba la plenitud de su belleza. El exquisito perfume de la mirra la precedió en el aposento real. 
El Dueño de Jericó la recibió alborozado, y ordenó a los guardias que hasta su llamado, nadie los molestara. Cuando Sirah se quitó las livianas vestiduras, el deslumbramiento del rey le impidió ver un raro objeto que la mujer, con disimulo, depositó junto a la cabecera del lecho. 
El vino de Sidón, las pasas de Sefela, hicieron su efecto, y el rey, luego del incomparable apareamiento, quedó hondamente dormido. Entonces la madianita cumplió su comisión. 
Lo hallaron dos días después, cuando se atrevieron a entrar. Una procesión de moscas recorría su rostro ya hinchado y de su pecho, a la altura exacta del corazón, se elevaba atroz el mango labrado del puñal. 

Codorlahomer era hijo de Surisaday; Surisaday era hijo de Quenaz; Quenaz era hijo de Ohlibamá; Ohlibamá era hijo de Us, el que fuera pastor de ovejas en los Llanos de Moab. Codorlahomer era tataranieto de Rajab, la prostituta..

Fernández, 25 de julio de 1988.

* Josué, 6, 26.

Un relato.