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Julio Carreras (h)

 

El cantor

A Carlos Di Fulvio

Amplio salón el del Banco de Córdoba. Techos altísimos; a los lados, sobre la pared, sobresalen molduras
bellamente labradas, en varios niveles, una sobre otras, apoyadas en pilastras que se prolongan hasta los
dinteles de puertas de varias hojas. Un empapelado barroco cubre con tonalidades ocres y arabescos la pared,
hasta el último de los ornamentos. Arriba, delicadas figuras neoclásicas, sobre vitrales, en la claraboya. Un
funcionario municipal a nuestro lado -barba grisácea, traje gris, barriga blanca, corbata- explica que la
carpintería labrada en caoba, donde se engarzan las rejas de las cajas y el moblaje, «la trajo Juárez
Celman», enteramente, de Francia. «No se valora esto, en la actualidad», nos dice. Casi al fondo del recinto,
se ha instalado una tarima, cubierta por una alfombra verde, un par de micrófonos y una silla barroca, para el
cantor. Estamos en la primera fila; no queremos perdernos un sonido de su guitarra, un solo detalle del recital.
La gente, llenando hasta el fondo el salón, habla en voz baja. El lugar impone respeto. De repente hay un
silencio; después, se levantan algunas cabezas y se produce un movimiento similar a la senda que abre un
remolino de viento en el trigal. Llega el cantor.
Alto, pálido en su traje negro, pelo aplastado hacia atrás, es la encarnación de lo que uno entiende por un
criollo. Los movimientos de su canto se han grabado en el rostro: sus cejas gruesas, su nariz que olfatea el
aire como el hocico noble de un buen parejero, sus labios finos, viriles. Saluda con una inclinación, y luego de
un breve proemio, empieza.
Las balas silban sobre su cabeza. Oye los gritos de la turba mitrista tras él, insultándolo. Pero se les ha
escapado. Sin embargo, no se engaña. No ha de ser por mucho tiempo. La provincia, tomada. Los pocos que
no se han dado vuelta, muertos, degollados. Y Catamarca, La Rioja, Tucumán... todo en manos de estos
bárbaros «ilustrados». No hay dónde huir. El coronel Carrara escapa al galope enjuto hacia el sur, pero sólo
porque ha encontrado una brecha entre sus enemigos. No se hace ilusiones. Sabe que tarde o temprano lo van
a agarrar.
Las manos vacilan como la de quien se estremece al palpar un objeto sagrado, pero los primeros dedos se
atreven y emerge, dulcemente prístina, la introdución. «Milonga de un triste». Después sube y baja el
antebrazo en ángulo variante por tras del diapasón, mis ojos se humedecen, como cada vez que el alma a
quien no domino reconoce música verdadera en los sonidos. El silencio de la sala colmada permite que los
acordes, la melodía y el ritmo danzen libremente por encima de nuestras cabezas, entre los angelotes labrados
en la caoba, giren graciosamente bajo los palcos que impresionan como a punto de caerse de tanta hoja, tallos
y flores burilados, y regresen a tomar aliento a las manos del concertista. Al terminar el tema aprovecho para
mirar un poco alrededor. Trajes oscuros, escotes. Pero también muchachas en jeans, hippies, muchas barbas,
poleras, algunas llevan pintado un rostro, John Lennon, el Ché Guevara.
La tierra envuelve al hombrecabayo -como creían los indios de los españoles-, se ríe José Alberto, estúpida
incongruencia de quienes están a punto de ser muertos, se dice luego, reírse con una lanza en la nuca, aunque
quién sabe, ya no se les escucha el galope, pueden haberse quedado, no ha de darse vuelta pues el lugar es
peligroso, sur de Ojo de Agua, lomadas que aparecen de pronto y vizcacheras. Quizá pueda llegar a Córdoba
aún, entrando en campo de los Bustos la cosa puede ser diferente; no vale hacerse ilusiones tampoco, se dice
en el acto, estos hijuna gran putas han sobrevivido porque son capaces de traicionar cuando conviene, «la
política es el arte de administrar las traiciones», decía el gran puto de Sorieri, por algo Ibarra no dejó más que
un puñado de seguidores, el caudillo sabe que su verdadero «carisma» es el tener las armas. Pueblo de mierda,
piensa Carrara, defiende a quienes lo hacen cagar. Muerto Ibarra, los mismos que se arrastraban hablan hoy
del «infame tirano» y cantan loas a la «civilización» que tendremos destruyendo todo vestigio de
nacionalismo y reuniéndonos con el brilloso mundo del mercado libre, la enciclopedia y la gloriosa era de la
integración mundial. Para qué te metes, me decía Amanda, y tenía razón, ¿no te das cuenta que en este país
los que defienden la verdad siempre pierden?
La voz del cantor suena ahora con tonos donde se combinan matices metálicos con otros vegetales. "Era una
cinta de fuego/ galopando, galopando/ piel revuelta en llamaradas/ mi alazán, te estoy nombrando..."
En sol antes de desaparecer le tiñe de rojo el Sur, y siente sólo un sobresalto, un fulgor y después la noche,
como de luna nueva. Sin poder explicárselo, se encuentra rodeado de caras que conoce pero ya no le sonríen
como hace apenas dos meses, sino le miran con desprecio o rencor. ¿Qué ha pasado? «Veo que se ha
despertado, coronel Carrara», dice el alférez Bru. Carrara calla y escucha que el otro dice: «No tengo noticias
buenas para usted». Silencio. «Diga nomás Bru», gruñe Carrara. «Será fusilado de inmediato». -¿Por orden de
quién? -pregunta el coronel. -Del general Taboada -oye.
La muchacha que está a mi izquierda es licenciada en Relaciones Internacionales pero le gusta la poesía. Y
evito mirarla por dos razones, una que sus formas encienden este extraño fervor y palpitaciones que ya no me
están permitidos. Otra, porque la he visto en un cuadro del Pinturiccio y eso me hace sentir una ridícula
sensación de inseguridad temporal. Y quiero concentrarme en la música, me gusta de verdad la voz de este
hombre, que ahora dice con lentitud las estrofas de ese estilo, «Poncho de flecos trenzados», que también
gustaba tanto a mi abuelo.
Carrara decide jugarse una carta terrible para su orgullo. Pide hablar a solas con Bru y cuando este echa a los
soldados le dice: «Mire amigo, no me queda más camino que decirle a usted la verdad. Yo en realidad soy un
enviado del general Mitre. Tenía que infiltrarme entre los rebeldes y entregarlos a nuestras fuerzas leales.
Pero para que confíen en mí, ni el general Taboada debía enterarse de mi misión. ¿Por qué se cree que fui el
único que pudo escapar de La Viuda? Pero claro, amigo, porque yo sabía en que momento las fuerzas leales
iban a atacar y me retiré en el momento justo. Ahora usted puede hacer un servicio a la Patria llevándome a
Santiago para que hable con el general. Le aseguro que allí todo se va a aclarar». El alférez de dieciocho años
vacila. «Tengo orden de fusilarlo donde lo encuentre, mi coronel», musita. «Pero mi amigo, ¿usted se va a
poner en contra de la ley? ¡Cuando se enter el general Mitre lo va a fusilar a Usted!», casi grita Carrara.
«Llévemé a Taboada. Esto ha sido un rapto emocional de él, pero una vez que hable conmigo todo se va a
aclarar... y después de todo, usted sigue siendo subordinado mío... yo le ordeno ahora que me lleve a
Santiago... bajo mi responsabilidad». El joven parece hondamente preocupado. Luego de un larguísimo
resollar, asustado, de mala gana, dice. «Está bien, coronel... espero que no me haga meter a mí también la pata
en la vizcachera. Duerma tranquilo ahora, mañana vamos a ver». Bajo del jacarandá frondoso donde habían
conversado, Carrara se recuesta, entonces. Hay luna llena. «Me parece que al menos he ganado la primera,
piensa». Adolorido por la caída, siente después que un sueño intranquilo lo va venciendo.
El último tema que el cantor anunciara no ha podido ser tal. Las ovaciones y el pedido del público lo obligan
a volver a sentarse y acomodar la guitarra. Pero antes de empezar a pulsar dice, pidiendo disculpas, que en
una hora más debe estar tocando en Cosquín. Así que esta sí ha de ser la última pieza. Es una bella poesía que
creó Jaime Dávalos, dice. Y su música pertenece a Eduardo Falú. «América, animal de leche verde», empieza
a cantar, luego del punteo.
El alférez Bru se acerca sigilosamente al cuerpo delgado del coronel Carrara, que ronca bajo la luna. Lleva el
revolver 45 en la mano izquierda, pues es zurdo. El coronel deja de roncar y pega un respingo, como si
hubiera recibido un choque. El alférez Bru se detiene. Luego de revolverse un poco, Carrara vuelve a roncar.
«Pobre tipo», piensa Bru. Y de cincuenta centímetros de distancia, le descerraja un tiro en la cabeza.
Estallan los aplausos. El cantor sonríe y saluda. Luego baja los tres escalones y con su guitarra, inicia, entre la
marea humana, el dificultoso camino hacia la entrada. Recibe apretones de manos, reverencias. Yo me acerco
también, tímidamente, al pasillo, para mirarlo de cerca. Pero al llegar a mí, de repente, sucede algo que me
corta el aliento. Al verme el cantor parece espantado. Se pone pálido, tiembla. Soltando su guitarra, que por
suerte es sostenidad por alguien antes de caer, parece querer escapar de mí. Pero luego vence su miedo. Se
acerca. Me mira. Y tomandóme de la mano con sus dos manos frías, me dice sordamente: «Perdóneme,
coronel... ¡yo no lo quería hacer!»

 

Final